Editorial
Última actualización 22/02/2010@17:09:27 GMT+1
Según un comunicado de Vinos de España –ICEX– de Gran Bretaña, la experta Jancis Robinson escribió el pasado mes de enero en el The Times “The secret of a great White Rioja”, donde se alaban las propiedades de la uva viura en la elaboración de los vinos blancos de Rioja. Vinos blancos apenas conocidos en el mercado exterior, a pesar de que fueron los más producidos hasta el año 1975. Un desconocimiento al que parece contribuir el Consejo Regulador de La Rioja favoreciendo la producción de variedades de uva como la sauvignon blanc y la chardonnay en detrimento de la viura local. Esta experta subrayó que la medida de ese Consejo Regulador de permitir hasta un 49% de mezcla de esas variedades internacionales parece innecesaria, dada la congestión de éstas en el mercado exterior, y que éste preferiría el uso de variedades más capacitadas para exprimir el carácter del terruño de donde proceden.
Menos mal que parece que la señora Robinson no se ha enterado de que otras DO españolas no sólo autorizan el 49%, sino el 100% de variedades foráneas que, evidentemente, no exprimen el carácter del terruño de donde proceden, sino el de otros países que también tienen dificultad en exportar sus vinos, como es el caso de Francia. La exportación de este país está sufriendo debido a que muchos vinicultores de todo el mundo les imitan y el consumidor se está cansando de siempre lo mismo, venga de donde venga.
En otra noticia se informaba de que la DO Rueda registró en 2009 un fuerte aumento de ventas gracias a su verdejo, mientras acusan una casi definitiva caída de “su” sauvignon blanc, que prácticamente desaparece del mercado. Esto demuestra claramente el rechazo de los consumidores a los vinos sin personalidad propia. Es, pues, urgente modificar la política de las DO para adaptarla a lo que se espera de ellas hoy en día: o sea, que cubran exclusivamente vinos que expriman el terruño de donde proceden, para lo cual es indispensable utilizar variedades autóctonas, ya que el terruño por sí solo influye en un 5% en el sabor final del vino y, si le sumamos el clima, no pasamos del 15%.
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